martes, 26 de febrero de 2013

CAPÍTULO IV. Política profética 0-IV

         Damian empezó abrir los ojos con dificultad, una molesta luz blanquecina incidía sobre ellos y estos, intentaban acostumbrarse poco a poco a aquella. Parpadeó mucho tiempo antes de que el sentido de la vista se acomodara a la nueva situación. Una vez que sus pupilas fueron capaces de captar la información que le llegaba del exterior, lo primero que vio, fue un gran mural. La pared opuesta al lugar donde él estaba estaba adornada por un gran fresco naturalista que la cubría en toda su anchura y altura. De él parecía brotar un río de agua limpia y cristalina, cercado de árboles anidados por todo tipo de aves con plumajes de exuberante colorido; tal era el realismo de la escena. Por encima de él una batería de focos empotrados en una pared de hormigón vomitaban pequeños e intermitentes haces de luz preñando la habitación de sombras aserradas por triángulos luminosos. A ambos lados de su cama, Damian vio otras camas similares a la suya, vestidas de ásperas sábanas blancas, en las cuales se reflejaba el frío y metálico brillo, propio, del mobiliario hospitalario. Damian estaba enganchado a un  par de bolsas que le aportaban una solución salina. Nuestro amigo, aún aturdido y desorientado se maravilló con el primer examen del lugar. Su último recuerdo era el beso helado del agua en las profundidades de la tierra, aquello parecía una sala de hospital, ¿quién le rescató? ¿Qué hacía allí? Y lo más importante de todo, ¿cómo le habían llevado hasta allí? El rancho era un lugar solitario rodeado por acres y acres de prados, bosques, promontorios montañosos y colinas horadadas por redes subterráneas de galerías que nunca habían sido exploradas. Sí, había buenas comunicaciones entre el rancho y las zonas urbanas más próximas, los dueños se habían encargado de crear una buena red viaria que facilitara el transporte de ganado, pero aún así el mundo subterráneo en el que Damian había buscado refugio era el mayor misterio de aquella propiedad. Legiones de espeleólogos habían visitado aquel enjambre de grutas y galerías pero éstos no habían conseguido hacer planos exhaustivos sobre el mismo. Muchas de estas galerías estaban sin cartografiar, algunas ya no existían o el agua había creado otras nuevas. Mucha gente se había perdido en aquella telúrica madriguera, pocos se atrevían a visitarla y demasiados eran los que pensaban que aquel inframundo era hormiguero de demonios o termitero de aparecidos. Por ello estas cavernas nunca eran visitadas y aquel que se adentraba en ellas solo, tenía pocas posibilidades de sobrevivir si no las conocía bien, aunque esto era prácticamente imposible, dada la extensión de las mismas.

        Poco después de abrir los ojos, los aserrados reflejos de los focos fueron recortados por una larga sombra que se asemejaba a un cuerpo humano. Damian, que en ese momento contemplaba las curiosas formas que se dibujaban en el suelo por el efecto de la luz y la sombra, alzó la vista para descubrir que era lo que provocaba aquel nuevo fenómeno. Al momento descubrió el origen. La pálida luz de la estancia se proyectaba sobre un hombre alto de pelo cano y cara redonda y arrugada, al encontrarlo ésta se desviaba creando varios clones oscuros del cuerpo de aquel, sobre el suelo y la pared, éstos a su vez, se movían, alargaban o encogían al mismo ritmo al que el hombre se desplazaba.

         La abertura de la bata que el extraño portaba dejaba ver una camisa de un tejido teñido de cuadros rojos y blancos con dos  bolsillos bordados. De uno sobresalía la capucha de un bolígrafo y el entramado de alambre de un pequeño blog de notas, del otro pendía con peligro de caer un fonendoscopio. La imagen, en un principio, difusa del presunto médico se hacía más tenue para Damian a medida que aquel hombre se le acercaba, cuando estuvo a su lado Damian reconoció en aquellas facciones asurcadas por prominentes arrugas a uno de los viejos amigos de su padre.
        -¿Senador? ¿Es usted? ¿Qué hace aquí? Nunca sospeché que usted fuera médico. ¿Me puede decir qué hago aquí, como me encontraron, dónde estoy? Responda, por favor.- Dijo Damian sin ocultar su asombro.

miércoles, 13 de febrero de 2013

CAPITULO III. Tribulaciones III-10

       Multitud de salpicaduras de sangre impactaron contra el cuerpo de Damian. Delante de él vio desplomarse el cuerpo sin vida del que iba a ser su verdugo. Sin apenas analizar lo sucedido y con más pánico que tesón, se irguió sobre sus dos pies. Múltiples detonaciones sacudieron el silencio matutino. Ráfagas de fuego y bocanadas de humo, surgían de entre unos árboles cercanos, con fuego y humo respondían los cañones de las armas de los sicarios de Adam. Estos intentando burlar las balas se habían echado al suelo. Tendidos, reptaban, para alcanzar parapetos naturales. Damian viéndose vivo e ileso, salió corriendo y zigzageando punteo la distancia que le separaba de la entrada al refugio que le había cobijado durante la noche. El estruendo del tiroteo se debilitaba, a medida que se adentraba en el interior de la montaña. Por fin el ruido cesó o más bien se confundió en el diálogo del agua y la roca. En cuclillas unas veces, arrastrándose otras y siempre encorvando la espalda, pronto, Damian avanzó hasta el fin de aquella galería.

         Ahora, ante él se abría una enorme gruta excavada por el agua, la superficie acuosa de algo similar a un lago subterráneo, captaba la diáfana luz que penetraba a través de pequeñas oquedades en la cúpula de la gruta. El juego de luces y sombras desfiguraba las formas con el único objetivo de ocultar la realidad, tras la máscara de la ilusión. La penumbra imposibilitaba la interpretación objetiva de las distancias o las dimensiones, todo parecía ser un mundo irreal sumido en el letargo de una noche eterna. Aquí y allá la maestría del agua había dejado su impronta; columnas de estalagmitas se unían a otras de estalagmitas fundiéndose así en un beso eterno. Allá, el capricho y el azar habían cincelado estatuas de animales con enormes colmillos y garras. Más allá, hombres bestiales, similares a colosos sobre su sitial, vigilaban los secretos de la gruta. En sus rostros de roca, el agua había plasmado gestos simiescos, severos o iracundos, dando así vida al imposible.

      De repente, un ruido procedente del exterior, hizo que Damian se adentrara en aquel submundo de agua y sombras irreales. Pronto sus pies estaban sumergidos en el agua, ando dos pasos, el frío abrazo del líquido elemento, ceñía ya su cintura. Entonces Damian se zambullo y empezó a nadar guiándose solo por los círculos de luz que se reflejaban en la superficie acuosa. No había llegado al centro del lago subterráneo cuando sus miembros entumecidos, empezaron a pesarle como el plomo. La brazadas lentas y pesadas, acabaron por ser imprecisas. De repente dejó de avanzar, se veía arrastrado al fondo de aquel piélago subterráneo. La angustia, el miedo, la ansiedad le inyectaron fuerzas renovadas, empezó a bracear y patalear con más violencia, pero solo consiguió ganar unos metros. La orilla desdibujada por la pobre luz que iluminaba la gruta todavía estaba lejos. Intentó dejarse llevar por la corriente, dejó de nadar. Como tronco arrastrado por  el agua, avanzó unos metros hasta la orilla, pero su cuerpo dejó de responder. Como un bloque de piedra se hundió, a veces en un vano esfuerzo su cabeza emergía del fondo, tomaba unos átomos de oxígeno y esta volvía a hundirse. Pero pronto la hipotermia y el agotamiento le convirtieron en un fardo de carne que a expensas de la corriente acabo enredándose en una roca cercana a la orilla.

    Una vez allí se agarró a la roca, desde ella, se impulsó hasta la orilla haciendo un último y sobrehumano esfuerzo. Alcanzó la orilla ya sin fuerzas para respirar, tendido sobre el lecho rocoso, con los pies aún en el agua, contempló unos segundos la cúpula rocosa. Delirante vio como aquella se convertía en un humeante caldero y como níveas formas, bípedas, le levantaban en peso y le guiaban hasta el agua hirviente. Entonces cerró los ojos.

miércoles, 6 de febrero de 2013

CAPITULO III.-Tribulaciones 9-III

     Damian erguido y rígido se agitó como rama acosada por el viento. Aquella voz tan familiar había sacudido su letargo existencial, engomando el vínculo afectivo que siempre le había unido a su hermano. Las sospechas, simples nudos, que encerraban en si el germen de la duda, se habían convertido en flores de hiel que con su amargor, desterraban el dulzor de la afectividad fraternal. Aquel, ya no era su hermano, era un vástago clonado en la hediondez de un pantano. Ahora sabía que Adam había matado a Harry y aquella muerte asesinaba una parte de Damian. Cuando nuestro amigo era niño, Harry se convirtió en un segundo abuelo y un tercer padre. De él aprendió muchas cosas sobre el rancho y el ganado, con él había tomado su primera copa y velado muchas noches, cuidando el ganado. Esa parte había desaparecido por efecto de una bala disparada por alguien que como Damian, había sido para Harry, hijo y nieto. Frente a él estaba el causante de su precipitada marcha nocturna, el causante de que él, Damian, hubiera atravesado la noche para buscar refugio a las mismas puertas del Hades y no era el frío asesino de mirada despiadada que él creía, era su hermano.

        - ¿Qué te trae por aquí, Adam?¿Vienes a enterrar al pobre Harry o simplemente quieres acabar conmigo?- Inquirió Damian, increpando así, a su hermano.
          - No sé de lo que hablas, solo dices disparates.- Replicó Adam.
          - ¿Disparates?¿Acaso pretendes negar que tú has matado a Harry?- Respondió Damian, interrogando.
          - Yo no he matado a nadie, ¿por qué iba a matar a Harry?, le tenía un gran aprecio.
          - Quizás por esto.- Replicó Damian, mostrando a su hermano el libro de cuentas sustraído del despacho.
          - ¡Dame eso! Lo que hay ahí no te incumbe.
          - Dime Adam, ¿qué es lo que esconde este libro para matar por él?
          - Nada que debas saber.
          - ¿Lo sabía Harry? ¿Por eso lo mataste?
          - Te repito que yo no he matado a nadie, ¡devuélveme eso!, o de lo contrario.... .
          - ¿Me matarás a mí también?
          - No, mis amigos te lo quitarán y créeme ellos no son tan diplomáticos.
          - ¡Que más da, mira mis ropas, aún están manchadas de sangre! ¡Míralas bien! Es la sangre de aquel que fue padre y abuelo nuestro a la vez, cuando la desgracia se abatió sobre nuestra familia.- Respondió Damian mostrando su camisa a Adam y dejando escapar lágrimas de sus ojos.
           - ¡Lo lamento, en serio!- Replicó Adam, casi llorando.- Yo no he tenido nada que ver, si hubiera sido menos diligente, tal vez estaría vivo.
           - No hay disculpas que valgan, ¡tú le mataste!
           - ¡No, yo no!- Replicó Adam compungido.- Fue un accidente, solo queríamos ese libro, uno de mis amigos se vio sorprendido por Harry mientras lo buscaba, así que le mató.
          - ¿Y tu qué hacías, observar como le mataban?
          - Te estaba buscando, no quería que metieras las narices en asuntos que no te incumben, si no hubieras venido aquí, nada hubiera pasado.
          - ¡Mientes! Ahora recuerdo, mi gabardina, el  periódico, el policía.
          - ¡Deliras!
          - Sí, la olvidé en tu casa, el día de acción de gracias, no la había vuelto a ver desde entonces. ¿Dime quién asesinó al policía que me apaleó?
          - Supongo que ya es tarde, has tenido suerte, hasta ahora, pero esta no te puede durar. Te responderé, tal vez eso te sirva de consuelo, pues estas muerto. Fueron los hombres de Don Vito, sabes, ese policía trabajaba para la mafia y para nosotros. Intentó chantajearme, no quería ser denunciado y me amenazó con hablar. La gente lenguaraz no dura mucho en este negocio. Tu insultaste al tipo equivocado y yo no quería que salieras de la ciudad.
          - Lo entiendo, mi destino estaba escrito allí o aquí, prisión o muerte.
          - No del todo, yo podría haber evitado que pisaras la cárcel, pero ahora no puedo evitar que mueras.
Damian estaba resignado a morir, lo estaba desde que la onda expansiva le había echo estrellarse contra el cuerpo del camarero, desde que en el campamento médico aguardaba su diagnóstico, desde que los colmillos de los perros habían desgarrado su carne, desde que la brutal paliza del policía muerto, le había sumido en un sueño comatoso y desde que halló el cuerpo de Harry. Pero la docilidad de la resignación había desaparecido, ahora, cuando de los labios de su hermano había sido proclamada su sentencia de muerte. El periplo de sus últimos días le había hecho nacer y morir, hundirse y flotar, enfrentarse y huir, coquetear con el fin y desdeñarlo haciendo de él un nuevo principio, pero estas sucesiones dicotómicas se habían fundido en un solo término, en una unidad indivisible e incuestionable. Se acababa con la posibilidad y surgía la certeza y esta hacía que el resignado perdiera la fe en la resignación. El inconformismo del contestatario se alzó sobre el conformismo del mártir, pero no con impetuoso valor, mas bien, con comedida cobardía. Por ello, Damian cedió el libro a su hermano y después se echó a sus rodillas suplicando por su vida.
          - No, es tarde, aunque no sepas nada de nuestros negocios, has sido testigo de un asesinato.
          - Pero si ni siquiera vi al asesino, no se de que va todo esto, enterramos a Harry y asunto zanjado.-Balbuceó Damian.
           - No supliques, no se pueden dejar cabos sueltos, no debemos arriesgar, la causa por la que lucho es superior a ti y a mi.
           -¿Qué causa es esa? ¿No son más sagrados los vínculos familiares que cualquier otra cosa? Dime, ¿no nacimos del mismo vientre, no nos dio de mamar la misma madre, no tenemos la misma sangre, no nos cobijaron los mismos muros, no somos prolongación de los mismos progenitores? Dime, ¿si cercenas uno de tus miembros, cómo podrás volver a sentirte entero? Si no había gangrena ¿no echarías de menos la extremidad amputada?¿Cómo alguien desearía ser cojo si pudiera usar las dos piernas?¿No añora el tuerto el ojo perdido? ¿Puede ser el manco ambidextro? Eramos cinco y acabamos siendo dos, desde entonces tu has sido para mi; pierna hermana, ojo hermano, mano hermana ¿y aún así quieres matarme?
           - Es cierto, somos ramas del mismo tronco, pero aquel que ve unas ramas o un tronco nunca verá el árbol completo. Nuestra especie es el árbol, ¿no cortarías, pues, una rama enferma para salvar el árbol?
            - El árbol, al que llamas especie humana, ya estaba enfermo desde antes de nacer. ¿Qué ganarías arrancando una pobre rama?
            - Espacio para el injerto.
            - El árbol enfermo nunca dará injertos sanos.
            - Pero reverdecerá.
            - ¿Dime reverdecerá tu alma cuando yo esté muerto?
            - No pero aquello a quienes sirvo estarán tranquilos.
            - Ya lo están, pues nada sé de ellos.
            - Sí sabes algo de ellos, serás y has sido víctima de sus intrigas.
            - Seré, no fui.
            - ¿No escapaste al atentado?
            - No entiendo.
            - El mundo tal como lo conoces agoniza, no puedes alimentar una demanda infinita con recursos finitos. Cuando aquellos acaban, los consumidores se rebelan y si estos estornudan, las grandes corporaciones enferman y los poderosos tiemblan. Lo ganado se puede perder en unos segundos. El capital, siempre ha ido de la mano del poder, no se puede perder uno y conservar el otro. Por ello se deben conservar ambos y esto no es posible sin orden, pero este prevalece tan solo si el caos se hace insoportable. ¿Cómo se consigue eso? Con miedo. Este es, sin duda, lo que frena la anarquía. Si temes por tu vida y tus propiedades te doblegas a las leyes dictadas por los poderosos, pero no vale con inculcar miedo desde los medios de comunicación, debes materializarlo, hacerlo real. ¿Y qué provoca más miedo que la amenaza nuclear?
            - Entonces aquellos para los que trabajas provocaron el atentado.
            - Empezaron a reverdecer el árbol.... .
            - Cientos, miles.... .
            - Un nuevo principio, más seguridad, más orden, más control.... .
            - Millones de muertos... .
            - Combustibles más baratos, precios competitivos, un televisor en tu salón, dos coches en tu garaje, una casa grande, ropa más barata, alimentos más baratos.... .
             - Tanta muerte... .
             - Refugios, dinero, poder.... .
             - Hermano..... .
             - ¡Matadlo, es un insulto verme tan humillado! - Ordenó Adam a sus secuaces,- adiós Damian, en el infierno nos veremos.- Dicho esto, le dio la espalda a su hermano y caminó hasta perderse en el bosque.
                Damian abatido, agachó la cabeza. Uno de los hombres de su hermano desenfundó una pistola y dio un paso adelante, mientras quitaba el seguro. Otro paso, se oyó un click; el cargador se insertaba en el arma. Otro paso, otro click; la bala estaba en la recámara. Un último paso, el cañón acariciaba la sien de Damian.
              Luego un disparo.      
                   

                 

martes, 29 de enero de 2013

CAPITULO III.Tribulaciones 8-III

   Tras aquella hendidura en la roca, el mundo parecía haberse comprimido, hasta convertirse en una pequeña hoquedad, lúgubre y rugosa. En el fondo de aquel agujero la débil luz de las estrellas y la luna se replegaba hacia la abertura, dibujando, en su huida, imágenes pálidas que se movían nerviosas, sobre las rocas. Damian temiendo por su vida se había recostado sobre un lecho de hojas, oculto tras una gran roca que situada en el centro mismo del abrigo rocoso, emergía titánica del suelo, hasta morder el techo del abrigo. Damian intento cerrar los párpados para conjurar así al sueño, pero el estado anímico de nuestro héroe hacía ésto imposible. A intervalos abría uno u otro ojo o alzaba la cabeza para discernir alguna forma. Bastaba un leve ruido o un suave susurro, para que nuestro amigo dejara de dar cabezadas, entonces su cuerpo  se crispaba y él se incorporaba como si fuera sacudido por un invisible resorte. Una vez en pie se mimetizaba con la roca tras la que se ocultaba, convirtiéndose así en una extensión de esta. Quien, en este mutismo pudiera haber observado a nuestro amigo, podría haberlo confundido con una curiosa escultura esculpida en bronce sucio o en mármol cariado. Entre sobresaltos y soñares interrumpidos, el alba sorprendió a Damian.

     
        El negro velo de la noche empezó a rasgarse, lejos, al fondo, donde la línea del horizonte curvaba el espacio visible. Una ambarina esfera luminosa empezó a emerger perezosa del profundo horizonte. La oscuridad sorprendida por una explosión de rubor, empezó a retroceder tímida, rasgándose en jirones de luz ocre y anaranjada. El orbe amarillo, lentamente baldosaba su camino con fotones coloreados por toda una gama de rojos que poco a poco adoptaban un colorido anaranjado, a base de oscurecer amarillos. El camino abierto por la luz en el suelo pronto halló a Damian, que pálido, pronto mostró sus ojeras al astro emergente. La luz del amanecer hizo que Damian, por fin, pudiera estudiar la fisonomía de su refugio. Era este, una covacha profunda de forma ovalada. Las paredes salpicadas de salientes y depresiones rompían la simetría del conjunto dándole a este un aspecto rugoso y áspero. La hoquedad se prolongaba unos metros hasta desembocar en una galería estrecha y abrupta. De las penumbras de aquella galería, surgían ecos de agua y sombras de luz. A veces, se oía el crepitar de rocas estrellándose contra una superficie acuosa.

       Damian más preocupado por su vida que por el aspecto de aquel refugio, decidió salir de allí. Con paso lento y firme se dirigió a la salida de la covacha. Cuando salió de su improvisado abrigo nocturno; empezó a deshacerse de las hojas, que adheridas a sus vestiduras, a modo de borlas, le habían metamorfoseado; pues el hombre que se adentró en las penumbras salió de de ellas convertido en  "ent" . Mientras estaba inmerso en esta labor, alguien le llamó. Damian alzó la vista y pronto vio como desde un claro del bosque, surgían Adam y tres o cuatro hombres más.  

sábado, 19 de enero de 2013

CAPITULO III. Tribulaciones 7-III

         Tendido sobre el piso del despacho estaba el cuerpo sin vida de Harry, el guarda. Todo el fluido viscoso diseminado sobre el cadáver y zonas cercanas al mismo, parecía haber manado de un  único boquete en la frente de Harry. Damian acercó la luz a aquel agujero, comprobó así, que no solo podía ver pedacitos de cerebro y cuajerones de sangre mezclados, también podía ver la madera del piso. A Harry le habían disparado y la bala le había atravesado la cabeza. ¿Pero por qué? Dando arcadas, cogió uno de los libros que había  abiertos sobre la mesa del despacho y sin pararse a recuperar el leño y a apagar la vela salió de allí por donde había entrado.

        " El asesino podría estar cerca, quizás al oírle, había escapado por el lugar por donde él había salido. Quizás estaba oculto, esperando, intentando averiguar la identidad de aquel que le había interrumpido, estaría espectante, envuelto en sombra, dispuesto a robar otra vida para continuar después, con sus pesquisas."- Pensó Damian.- "Al fin y al cabo, ¿quién era Harry?"-Dijo Damian balbuceante, antes de iniciar la siguiente reflexión:
      
          "Un pobre hombre, un viejo vaquero con manos agrietadas y piel ajada, encurtida en arrugas irregularmente repartidas por todo el cuerpo. ¿Quién era Harry? Alguien que creció vinculado a las tierras del abuelo, alguien que plantó raíces en aquel rancho creyendo formar parte de él, aunque siempre fue un obrero más. Siempre leal, siempre atento al capricho de los dueños del feudo. Pobre hombre, debió abandonar aquel rancho, cuando la abuela lo abandonó, pero la terquedad de su naturaleza indestructible le mantuvo vivo hasta que recibió el beso de fuego que acabó con su terca salud. No dejaba a nadie que le llorara, a nadie que le recordara; su vida había sido un eco breve al que la muerte primero y el olvido después, harían desaparecer para siempre. Le mataron por sorprender a quien no debía, donde no debía, cuando no debía. ¡Pobre Harry, siempre tan responsable, tan buen trabajador, tan poco negligente en el cumplimiento de su deber! ¿Por qué estabas ahí?"- De los ojos de Damian, brotaron un manantial de lágrimas.-"Sin duda el asesino buscaba los libros de contabilidad. La cerradura no había sido forzada, pero la habían cambiado, ¿la habría cambiado Harry, la habría cambiado Adam o la habría cambiado papá antes de morir? Eran los únicos que podían haberlo hecho. Harry nunca habría hecho nada en contra de la voluntad de sus jefes. Tanto Adam como papá eran los únicos que frecuentaban el rancho tras la  muerte de la abuela. Papá había muerto pero podía haber cambiado la cerradura antes de morir. ¿Tenía Harry un juego de llaves con la nueva llave? ¿La puerta estaba abierta antes de que Harry fuera asesinado? El asesino había cerrado la puerta, luego tenía la llave de la misma. ¿Acaso Adam tenía la copia de la nueva llave? Si esto era así, ¿por qué no le había dado una copia?¿Ocultaba algo? Algo que no quería que yo supiera; gracias a Dios me llevé este libro, la respuesta debe estar en este libro o en los otros libros de contabilidad". - Dijo Damian para si, poniendo así, fin a su reflexión.

      Después de hacer aquella reflexión, una oscura sospecha se aposentó en la mente de Damian. La única conclusión plausible era que Adam había matado a Harry. Damian sabía que su hermano era ambicioso, sabía que era capaz  de vender su alma por ganar un poco de dinero, ¿pero asesinar a alguien que conocía desde pequeño? Era algo difícil de concebir, pero por más que quisiera desterrar aquella idea de su cabeza, no podía, todos los indicios apuntaban a Adam. Adam y él eran los únicos que podían deambular por aquel rancho libremente, ellos eran los únicos que podían hacer reformas en el rancho, eran los que disponían de todas las llaves, nadie sin la autorización de ellos podía hacer y deshacer en la propiedad de la que ellos eran los únicos herederos. Damian hasta entonces, apenas había sentido interés por el rancho, solo Adam le hablaba de él y lo visitaba asiduamente, entonces ¿quién si no Adam podía haber matado a Harry? Damian le había dicho a su hermano que pensaba pasar una temporada en el rancho del abuelo. Adam temió entonces que los secretos que en el rancho escondía fueran descubiertos y desvelados por su hermano, así que se adelantó, al llegar, lo primero que hizo fue examinar los libros, pensó destruirlos u ocultarlos, Harry le sorprendió y Adam le mató. Pero aquello no tenía sentido, ¿por qué matar a Harry? Hubiera bastado con cruzar algunas palabras con él, para después invitarle a seguir su ronda. A no ser que el sorprendido fuera un desconocido o Harry hubiera descubierto algo que no debiera saber. Su hermano ¿un asesino? No, no podía ser. Quizás tuviera algo que esconder, pero asesinar a Harry, no. Intentando desterrar aquella sospecha de su cabeza y aprovechando la oscuridad, Damian se había alejado de la cabaña. Damian  avanzaba sigiloso, escrutando las sombras de su alrededor, intentando discernir formas en ellas. Sus pupilas dilatadas eran puntos de luz que como linternas miopes, daban vida a objetos inertes, sus oídos afinados como trompetillas para sordos, aumentaban la intensidad de cualquier ruido. Temeroso y vacilante, Damian avanzaba con la cautela de un potrillo, haciendo de su andar, galope, cuando algún sonido sospechoso lo alarmaba y haciendo del galope; trote, si sus ojos de mochuelo, le mostraban la verdadera forma de aquello con lo que se cruzaba. Sus pasos acelerados y lentos pronto lo llevaron frente a una gran hendidura.

                

miércoles, 2 de enero de 2013

CAPITULO III. Tribulaciones 6-III

            El golpe en la testa desembelesó a Damian. Este cogió el manojo de llaves que llevaba en su bolsillo;insertó una primera llave en la ranura, no terminaba de encajar, probó con una segunda, era demasiado grande, luego probó con una tercera y una cuarta y una quinta y una sexta pero eran o demasiado grandes o demasiado pequeñas, probó con todas las que había en el manojo pero ninguna abría aquella puerta. Después examinó detenidamente la cerradura y descubrió que había sido cambiada recientemente. Tras este examen retrocedió unos pasos y tras observar detenidamente la fachada exterior descubrió, que algunos maderos habían sido sustituidos por otros, sin duda alguien estaba interesado en mantener única y específicamente aquella construcción en pie, pero ¿por qué? Todas las construcciones de alrededor, tales como las viejas chozas de los vaqueros y el personal del rancho estaban derruidas o semiderruidas. De los establos de los vaqueros, apenas algunos tabiques permanecían en pie. De las dependencias destinadas al aseo del personal, no quedaban ni las letrinas. Alrededor del edificio del despacho se apilaban montones de maderos podridos y astillados que en otro tiempo habían configurado el esqueleto exterior de las construcciones antes mencionadas.  Junto a estos restos, tablones de madera recién cortados permanecían en palés sin desprecintar. Parecía que alguien estaba interesado en volver a levantar los habitáculos derruidos. Los maderos sustituidos en este tenían el mismo grosor, la misma veta, el mismo color que los de los palés. Esto sorprendió a Damian, ¿quién  podría haberse tomado aquellas molestias? El rancho estaba deshabitado desde la muerte de la abuela, ni su padre, ni su hermano habían manifestado la intención de evitar  que el viejo rancho del abuelo se viniera abajo. Habrían vendido la vieja heredad de haber podido; él mismo, visitaba aquella propiedad por primera vez, desde que la abuela murió. Ni su hermano, ni su padre solían mencionar nada referente al futuro de aquella propiedad. Es más, cuando Damian informó a Adam de su intención de pasar unos días en el viejo rancho, este último no le dijo si algo había cambiado en ella. No le dijo si la vivienda principal o las construcciones aledañas estaban ocupadas de manera legal o ilegal. De pronto al fijarse en uno de los ventanucos situados en los laterales del edificio vio sobresalir del hueco de aquel, la tela filigranada de una cortina interior. Armándose de valor y de un grueso leño se aproximó al ventanuco. La hoja de la ventana estaba subida, esto facilitaba el acceso al interior de la estancia a una persona relativamente corpulenta. Damian entró por este, leño en mano.

             La estancia, de una sola planta permanecía en una penumbra parcial, la luz que se filtraba a través del ventanuco por el cual Damian había accedido al interior, incidía sobre la mesa del despacho sobre la cual, una palmatoria sostenía aún, una vela humeante. Cerca de la palmatoria había gruesos libros de cuentas abiertos. Damian dio unos pasos, intentando alcanzar la mesa mencionada, pero tropezó con algo. Nuestro amigo se agachó y empezó a palpar el obstáculo que se interponía entre él y la mesa, solo pudo adivinar que se encontraba ante algo blando de lo que manaba algo pegajoso. Como hemos dicho la estancia estaba oscura y la única luz que entraba, agonizaba a manos de la cada vez mayor oscuridad del anochecer. Damian se incorporó y dando unos pequeños pasos más, consiguió llegar hasta la mesa y posar sus manos sobre ella. También había algo pringoso sobre ella. Damian se llevó una de sus manos al bolsillo del pantalón, de él sacó una caja de fósforos. Sacó de ella una cerilla, frotó la cabeza de esta sobe la superficie lateral de la caja, unas pequeñas chispas surgieron de la misma y en una fracción de segundo la cabeza del fósforo prendió. La llama pequeña y vacilante fue guiada hasta la mecha de la vela y una luz temblona y débil robó algo de luz a la oscuridad reinante. Damian cogió la palmatoria y sin prestar atención a las manchas de la mesa intento guiar el haz de luz hacia el obstáculo que segundos antes, casi le había hecho perder el equilibrio. Cuando descubrió que era aquello con lo que había chocado, el descubrimiento le dejó perplejo, atónito y un tanto desubicado.

          

lunes, 17 de diciembre de 2012

CAPITULO III: Tribulaciones III.5

      Damian apagó la radio. Acto seguido se levantó impetuoso y empezó a registrar todos los rincones de la vieja casa. Todo en ella estaba como lo recordaba. Los muebles, en el mismo sitio de antaño, mantenían su pulso contra el tiempo, sin dar muestras de deterioro. Los vencidos por la carcoma, aún astillados, se mantenían todavía en pie resistiendo los asaltos enemigos con voluntad espartana. Los que no habían sido aún atacados por la carcoma, simplemente aguardaban. Impertérritos al acoso de su natural enemigo, ocupaban su espacio vital, quizás  haciendo de la esperanza muralla contra los gusanos que habían empezado a devorar muros y puertas. En algunas de las habitaciones de la planta superior el techo había cedido; el abandono, la furia de los elementos y la plaga que hemos mencionado habían vencido. Pero a pesar de todo, los daños en ellas, no habían hecho peligrar el resto de la estructura. - ¡Hay mucho trabajo por hacer!- Exclamó Damian, no muy animado.-Tendré que hacer una lista de materiales, quizás en el viejo despacho haya papel, no creo; pero nada pierdo si lo compruebo.- Después de decirse esto, nuestro amigo bajó las escaleras, cruzó el salón y salió por la puerta de entrada.

     Siempre se había extrañado de que su abuelo hubiera decidido construir el despacho lejos de la casa principal. Su abuelo no era un burócrata, era más un vaquero nómada. Al abuelo los espacios cerrados le aturdían, para sentirse vivo, debía estar en contacto con la naturaleza, sentir el viento en la cara y el sudor recorriéndole la espalda, de no haberse casado, quizás le hubiera bastado para refugiarse de la intemperie, una tienda de campaña. Pero se casó y como buen marido, le construyó a su mujer una buena casa. El negocio creció y el abuelo envejeció por eso construyó un despacho. Pero levantó aquel, lejos de la vivienda principal. El abuelo, con los años se burocratizó y teniendo como tenía en aquella oficina doméstica su nuevo lugar de trabajo, empezó a atender en él, todos los asuntos de trabajo. En él recibía a los proveedores y a los clientes, en él almacenaba los libros de cuentas y en él emborronaba los dichos libros. Damian, que ahora se dirigía al viejo despacho, recordó que un día le preguntó al viejo por qué había decidido construir tan lejos de la casa el despacho y el abuelo le respondió:

            "Mira, Damian, en este mundo hay que saber separar lo profesional, de lo doméstico. El individuo que no sabe acotar ambos ámbitos será o un mal cabeza de familia, o un mal profesional, o ambas cosas a la vez. ¿Qué quiero decir con esto? Pues lo que digo es que el que lleva trabajo a casa acaba descuidando a la familia. La mujer así se siente sola y los hijos desasistidos. La soledad acaba matando el amor, el amor perdido se busca en otra parte y la infidelidad acaba con el matrimonio.
En cuanto a los hijos, si estos no tienen la atención del padre o de la madre, se meten en líos, forma sutil de decir: "padre, madre, os necesito". Los líos pueden ser inocentes trastadas que con el tiempo se convierten en grandes fechorías, estas conducen al delito y este al castigo. Por eso aquel que por negocios descuida a su familia, acaba perdiendo su mayor capital. Si la domesticidad y la profesionalidad se mezclan, el profesional descuida el negocio, porque las obligaciones domésticas, lo entretienen, si la profesión se descuida, el dinero deja de entrar en casa y sin capital, también pierdes a la familia, pues con las manos vacías, ¿cómo vas a a alimentarla? Por eso decidí atender los asuntos de negocios lejos de la casa. Así cuando acabo la jornada entro en casa y me olvido del trabajo y  cuando salgo de casa me olvido de las obligaciones domésticas. De esta manera, ni tu abuela se aburre de verme, ni yo me canso de anhelarla".   

            Este discurso, como tantos otros de su abuelo, se había quedado plasmado en sus recuerdos infantiles. Las soflamas del viejo, las recordaba nuestro amigo, a veces, mohosas y raídas como viejas vestiduras rescatadas de un baúl, pero otras, como ahora, se presentaban como si fueran leyes que para conservarse hubieran sido esculpidas en piedra, y era entonces, cuando Damian reproducía el discurso en toda su integridad, sin mutilación alguna, con todos sus puntos, con todas sus comas. Esta capacidad memotécnica, a veces, irritaba a Damian. Pues muchas de esas máximas eran un compendio de la sabiduría del dichoso, del hombre recto, justo y honrado que había triunfado en la vida, haciendo de su humildad escudo contra el fracaso. Él, en su humildad había fracasado. Con discreta exactitud había plasmado sobre papel milimetrado, esbozos de felicidad. En cada línea de sus planos había trazos del alma que ama lo que crea, pero desdeña lo que le rodea. El amor al trabajo había convertido a Damian en un corazón de tinta que difícilmente podía amar otra cosa distinta al papel tridimensional. Más allá del plano, aquel corazón solitario, era una maquina disfuncional incapaz de latir al mismo ritmo que otro corazón humano. El amor romántico, era algo que asustaba a Damian, pues carecía de mesura y de lógica. Aunque había tenido varias relaciones nunca se atrevió a comprometerse. El compromiso, exige esfuerzo, compenetración, diálogo. Pero ese esfuerzo, muchas veces no compensa, es como intentar llenar de agua un pozo sin fondo, una labor ardua e inútil. Una pareja auna a dos individualidades condenadas a enfrentarse, si se comparten gustos el dos puede que sea varios años uno; pero más tarde o más temprano el vaso se colmara y el contenido abandonara al continente, para buscar su propio curso; es entonces cuando el diálogo, se convierte en monólogo para más tarde apagarse en el silencio.  Ese era su fracaso, ser incapaz de formar una familia, ser capaz de desafiar los valores tradicionales que le habían sido desde pequeño inculcados; no por rebeldía, sino por la imposibilidad de comprometerse con otra cosa distinta a su trabajo.

           De repente y casi sin darse cuenta, se dio de bruces con la puerta, por la cual, se accedía al despacho. 

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