lunes, 28 de mayo de 2012

CAPITULO III.Tribulaciones III-2

  "Agente de policía aparece asesinado de tres disparos a quemarropa. Los responsables de la investigación aún no tienen sospechosos, pero no se descarta que la causa del asesinato responda a un posible ajuste de cuentas o venganza, dado el historial de causas pendientes de juicio, que la víctima tenía por abuso de autoridad y corrupción". Leía Damian en la portada del periódico del día. La nota venía acompañada de una fotografía y ésta sí llamó la atención de Damian.- Lo conozco, es él, ¿pero?.-Damian buscó la página en la que venía el artículo completo:
    
         " Hoy, en el callejón fulano de tal, de la ciudad X, se ha hallado el cadáver del sargento J. S, agente de la comisaría metropolitana. El cadáver fue hallado por A. F,  esta mañana a las 6 horas.
A.F afirma que había sacado su perro a pasear y que el perro se puso a ladrar cuando pasaron por el hueco de una escalera. En él había un bulto cubierto por una gabardina, A.F pensó que se trataba de un mendigo que había pasado allí la noche, así que decidió continuar con su paseo matinal, pero el perro tiró de la gabardina y dejó a la vista del amo, el cadáver, parcialmente devorado por ratas, de un individuo de mediana edad, barba espesa y despeinada, que tenía aún, en su mano una pipa, en la cual, estaban grabadas las iniciales J.S.
          
            A.F. llamó, enseguida, a la policía. Poco después de la llamada, acudió una brigada de policía de la comisaría metropolitana. Los agentes identificaron inmediátamente al compañero abatido. Con la brigada de policía, se personaron en el lugar de los hechos, agentes de la policía científica, que tras un primer examen, determinaron que tres proyectiles de un revolver de pequeño calibre eran los causantes de la muerte del agente. Tras este primer examen el cadáver fue trasladado al depósito de la policía, donde se realizará la autopsia. Los vecinos interrogados por los agentes de la ley coinciden que a eso de las 0 horas, se oyeron tres detonaciones, la vigencia del toque de queda y el miedo causado por los disturbios de estos días, hicieron que nadie saliera a la calle a investigar. Algunos testigos, tras oír los disparos, se asomaron a las ventanas y vieron salir del callejón a un hombre alto, vestido de negro, cubierto por un pasamontañas. Algunos agentes que hacían la ronda nocturna, afirman haber visto al mismo individuo, huyendo de ellos cuando estos le dieron la orden de alto. El agente V.L. afirma que el individuo fue detenido por él y otro compañero, días antes, por violación del toque de queda. Afirman que el sospechoso, había recibido una paliza de J.S. la noche de su detención. V.L. y su compañero detuvieron a J.S. evitando así, que el presunto sospechoso muriera a manos del agente muerto. A V.L. le llamó poderosamente la atención saber que la víctima de este abuso de autoridad no denunciara el hecho. Esto y las iniciales de la gabardina (D. R.), son los únicos indicios que la policía, hasta ahora, investiga para desvelar la identidad del asesino.

          El agente muerto tenía un largo historial de causas pendientes de juicio por abuso de autoridad. Actualmente, asuntos internos lo estaba investigando por su supuesta colaboración en un turbio negocio de contrabando de armas en el que estarían implicados altos funcionarios del gobierno y familias mafiosas. El agente muerto deja viuda y dos huérfanos, el entierro se celebrará dentro de dos días. Fuentes de la policía afirman que J.S. será enterrado como corresponde a un agente de la ley con más de veinte años de servicio a sus espaldas. Defienden que aunque tiene un largo historial de denuncias, la culpabilidad del agente nunca ha sido demostrada ante ningún tribunal y por lo tanto tiene derecho a un funeral propio de cualquier policía que haya muerto con un historial impecable".
   
           ¿Las iniciales D.R., Damian Ryan? No era posible, solo tenía una gabardina con aquellas iniciales, pero no la había visto en mucho tiempo. ¿Dónde estaba, la había perdido, pero dónde?
 - Cálmate, son paranoias.- Dijo Damian para si mismo.

miércoles, 23 de mayo de 2012

CAPITULO III.Tribulaciones.III-1

    Cuando los dos hermanos entraron al restaurante, sonaba en un viejo tocadiscos con descarnada pasión el "ámame Alfredo" de la Traviata. En la margen izquierda del restaurante una gran barra era atendida por el regordete y afable dueño, éste hablaba atropelladamente en italiano con los pocos clientes de la barra. Había varias mesas en distintos reservados, donde gente con caros trajes de diseño italiano parloteaba acaloradamente en su lengua materna. En las paredes había colgados pósters de equipos de fútbol italianos y carteles de representaciones operísticas de obras de Verdi.

    Cuando Adam se acercó a la barra, el dueño le saludo amigablemente y hablando en un mal inglés  le dirigió a Adam estas palabras.- Hola señor Adam, es un honor tenerlo aquí, al señor Vito le agradará verlo.
- Sí, ¿dónde está? Me encantaría saludarlo.
- Está en la mesa del fondo, comiendo con algunos de sus hombres.- Cuando oyó esto Adam dejó a su hermano y se dirigió a la mesa que le había indicado el dueño del restaurante. Damian desde su posición en la barra vio como al llegar a dicha mesa su hermano tendía la mano a un hombre de estatura mediana, cuerpo atlético, pelo gris y mirada dura y penetrante. Poco después, Damian vio como su hermano desaparecía tras el biombo del reservado de don Vito.
- ¿Qué desea?-Le preguntó el hombre de la barra a Damian.
- Quiero una mesa.
- Estupendo, tenemos una libre, frente a esa ventana, ¿la quiere?
- Sí, no está mal.- Respondió Damian.
- El señor Adam, ¿comerá con usted?
-Sí.
- Pues siéntese y póngase cómodo, en seguida una de mis camareras le llevará la carta.
- Muy bien.- Dijo Damian, dirigiéndose a su mesa.

        Desde su asiento, Damian tenía una estupenda vista del exterior del restaurante, la indescifrable verborrea italiana y el aburrido aspecto del local hizo que nuestro protagonista centrara la vista en lo que en el exterior sucedía. En el fondo de la calle una tumultuosa y colorida manifestación portaba pancartas en las que se leían frases en contra de la guerra. Mientras, procedente del otro lado de la calle oyó el bullicio de lo que parecía ser otra manifestación, las palabras venganza y guerra eran las más coreadas por aquellos. Pronto, los manifestantes que defendían una y otra postura estuvieron enfrentados. Lo que en un primer momento solo era una competición por hacer prevalecer un mensaje sobre otro, se convirtió en una auténtica batalla campal. Los pacifistas, cargaron sobre los defensores de la guerra y estos respondieron usando como proyectiles adoquines sueltos, piedras, latas, contenedores encendidos. Aquí y allá luchas individuales se resolvían a puñetazos, dejando malparados a unos y otros. Muchos acabaron con la ropa desgarrada, otros sangraban. Algunos que habían sido derribados intentaban esquivar los pisotones, los puntapiés o los puñetazos. Los dientes saltaban de las bocas, brincando como ranas; la calle pronto empezó a teñirse de un rojo vinoso y pronto el lamento de los heridos sustituyó a las proclamas a favor de la guerra o la paz. Entonces una papelera impactó sobre los cristales del restaurante, cerca del lugar donde Damian estaba. Antes del impacto, Damian se había refugiado debajo de su mesa; después del impacto Damian vio dos zapatos negros que pasaban frente a él, luego oyó unos disparos; cuando Damian abandonó el improvisado refugio, en la calle solo quedaban los restos de la refriega, dentro del local, el dueño, pidiendo disculpas a nuestro amigo, barría los cristales rotos. - Lo siento señor, ¡esos malditos manifestantes!, ¿quiere otra mesa?, ¡que el demonio los confunda!, lo siento, le invito a comer, ¡hijos de madre desnaturalizada!.- Calma Pascuale - Decía Adam, que al oír el impacto, había abandonado la mesa de don Vito para unirse a su hermano.- Comeremos en la mesa de Don Vito.- ¡¿Calmarme?! ¡Esos....!- Prorrumpiendo insultos en italiano - Me han destrozado el local, me costará un montón de dinero arreglar ese cristal y mientras vienen a arreglarlo tendré que dormir aquí para que no me roben.           - Cálmate Pascuale, sabes que mientras don Vito sea tu socio no debes temer a los ladrones.               - Dijo Adam, intentando calmar al alterado dueño. - Sí tiene razón, ¿comerán con don Vito? Enseguida les mando a la mesa alguien con la carta.- Estupendo, en la mesa de don Vito te esperamos.- Dijo Adam.-Ven te presentaré a don Vito.- Continúo hablando Adam, pero dirigiéndose esta vez a su hermano.- Esta bien.- Le replicó Damian.- Espero no tener más sobresaltos.
- Descuida, Pascuale ya se ha encargado de hacer el trabajo de los antidisturbios.
-¿Ha sido él quien ha disparado?- Preguntó Damian, tartamudeando.
- Sí disparó al aire y eso bastó para que todos salieran corriendo.
- ¿Pero....?
- Pero nada, Damian te presento a don Vito.- Le interrumpió Adam; ya habían llegado al reservado del hombre de estatura mediana.- Don Vito, le presento a mi hermano Damian.-Es un placer.- Dijo, el hombre del cabello gris, estrechando fuertemente la mano de Damian. Al lado de don Vito, había tres gorilas, musculosos, de espaldas anchas. Pero a don Vito, que parecía un ser minúsculo e insignificante al lado de esos tres individuos, le bastó hacer un gesto con las manos, para que aquellos tres fortachones cedieran sus respectivos asientos a los dos hermanos. Poco después de sentarse a la mesa de don Vito, una atractiva mujer morena con atractivas y definidas curvas les traía la carta.
- ¿Qué van a tomar?- Preguntó, la camarera con sensual acento.
- Yo quiero de entremés un carpaccio, de primero unos espagetis a la parmesana, de segundo una capesante alla veneziana y de postre un amaretti.- Pidió Damian en mal italiano.
Io voglio d´antipasto, frutti di mare. De primo, tortellini alla zucca. De secondo, orata al forno. De dolce, pastiera.- Pidió Adam en un mal dominado, italiano. La mujer cuando tomó nota se alejó de la mesa con un sensual movimiento de cadera.
- ¿A qué se dedica, Damian?- Preguntó don Vito, rompiendo el hielo.
- Soy arquitecto.- Respondió Damian balbuceante, que no había podido sobreponerse todavía, al susto que le había provocado el impacto de la papelera, sobre los cristales.
- No seas tan modesto, eres un gran arquitecto.- Dijo, Adam, interviniendo en la conversación.
- ¿Es usted tímido o acaso me teme?-Preguntó don Vito que había reparado en el balbuceo de Damian.
- No señor,- respondió Damian, intentando calmarse.- El hecho de que balbucee se debe a que por solo unos segundos he conseguido esquivar una papelera y unos cristales rotos.
- ¿Estaba cerca de la zona de impacto?- Preguntó don Vito, sin interés.
- Sí señor.
- ¡Va, una papelera, unos cristales rotos! No es nada que cause pavor.- Replicó don Vito, restándole importancia.
- No, tiene razón, pero tampoco es motivo para disparar.- Dijo Damian un tanto indignado.
- ¡Ah, Pascuale! Siempre fue de gatillo fácil, pero acabó con el alboroto ¿no? Pocos policías pueden decir lo mismo en estos casos.
- Sí fue efectivo, pero un tanto impulsivo, ¿no?
- ¿Impulsivo? No, no lo creo. Defendía el pan de su familia. Cosa que no pueden decir los que provocaron los altercados.- Replicó don Vito, apático.
- Los que protagonizaron los altercados, estaban ejerciendo un derecho constitucional.
- Sí, un derecho constitucional, alterar el orden público, montar una pelea callejera, si un derecho constitucional.- Dijo don Vito, sin alzar el tono de la voz.
- Muchas veces, las cosas se salen de madre.
- Sí, se salen de madre.- Dijo don Vito, sin mostrar ningún tipo de emoción.- ¿Dígame esta usted a favor de la guerra o en contra?
- La verdad es que estoy en contra de cualquier guerra, pero fui testigo del atentado y creo que está justificada, aunque no estoy de acuerdo con los que la defienden.
- Es usted bastante tibio.- Le espetó Don Vito.- La tibieza hace que el buen  juicio no prevalezca. Muchas veces se precisa mano dura, para que tus ordenes se cumplan. La gente que no defiende sus convicciones, es débil, no tiene capacidad de liderazgo, solo sirve para ser gobernada y manipulada.
- Supongo que usted es un tipo duro.- Dijo Damian, sarcástico.
- ¡Que bien, ya esta aquí la comida!.- Exclamó Adam que percibió, cierta tirantez, entre ambos contertulios.
- ¿Dígame, Damian le gusta la comida italiana?.- Preguntó don Vito.
- Sí, pero no es mi preferida.
- ¿Qué comida prefiere, la mexicana, la china u otro tipo de comida?
- Prefiero la que cocino yo.
- Interesante, un amo de casa.-Replicó don Vito.
- Mi hermano solo vive para el trabajo y en el trabajo, no tiene tiempo para visitar restaurantes.- Dijo Adam, metiéndose en la conversación.
- Un hombre que solo vive para trabajar, no disfruta de los placeres de la vida. Cuando envejezca y le cueste trabajar, descubrirá que ha malgastado su vida. Es un hombre gris, sin emociones, sin pasiones,  una pieza indispensable, pero rota. Algo poco efectivo, pero útil al fin y al cabo. De nada sirve trabajar, si cuando terminas la jornada, no hay nadie esperándote en casa.
- ¿Usted tiene familia?-Le preguntó Damian exasperado por la soflama que acababa de oír.
- Sí, una gran familia.- Respondió don Vito que ya empezaba a perder la calma.
- ¿Todos le esperan con los brazos abiertos cuando vuelve a casa?
- No, solo los más allegados.
- Entonces, ¿de que sirve una gran familia?
- Sirve para hacer buenos negocios, sin que esto suponga, un trabajo agotador que reste tiempo de ocio.
- Interesante, punto de vista, lo tendré en cuenta en el futuro.- Dijo Damian, zanjando la conversación.-¡Camarera, la cuenta, por favor! - No te preocupes yo pagaré la cuenta.- Dijo Adam a Damian.
- Lo ve, don Vito, es bueno tener familia.- Sentenció Damian, que levantándose se puso en dos zancadas en la puerta del local.
- Su hermano no ha sido muy respetuoso.- Dijo don Vito a Adam, cuando Damian hubo abandonado el local.
- Lo siento, padrino, siempre fue impetuoso.
- Pues en lo sucesivo, refrena su ímpetu, o de lo contrario, adiós negocio, adiós hermano y adiós vida. ¿Capisci?

  

viernes, 18 de mayo de 2012

CAPITULO III.- Tribulaciones.III-0

        El hombre de la pipa, pronto dio la espalda a Damian y a sus acompañantes.
- Y bien Damian, ¿te apetece almorzar?- Preguntó Adam.
- Sí.- Respondió Damian, dejando de mirar al hombre de la pipa.
- ¡Estupendo!- Exclamó Adam.- ¿Tendrá la bondad de acompañarnos, señor abogado?- Preguntó Adam al hombre del traje beis.
- Sería un placer acompañaros, pero aún tengo muchas cosas que hacer.- Respondió el abogado.- Adiós Damian.- Dijo el hombre de beis.- Ha sido un placer prestarle mis servicios.- Añadió, estrechando la mano de Damian.- Adiós, señor Adam. Cuando quiera estoy a su disposición.- Agregó, estrechando la mano de Adam.
- Hasta la vista.- Dijeron los dos hermanos al unísono, despidiéndose del abogado.
- Ven, acompáñame Damian. Cerca de aquí hay un restaurante italiano, donde hacen una pasta excelente.- Dijo Adam dirigiéndose a su hermano.
- Será un placer.
- ¿Qué piensas hacer, hermano?
- Pienso comerme unos buenos espagetis a la parmesana.
- No, me refiero a trabajar conmigo en el proyecto del gobierno.- Dijo Adam.
- ¿Ah, eso? No lo se, la última conversación que mantuvimos al respecto, me dejó un tanto traspuesto.
- ¿Y...?
- Nada, aún no he decidido nada, al respecto.- Dijo Damian.
- ¿Por qué? Es un gran negocio.
- Sí, es un gran negocio, pero están esos hombres del servicio secreto.
- ¿Qué hombres, qué servicio secreto?- Preguntó Adam sorprendido.
- Resulta, que cuando salí de tu despacho y tu me despediste con aquella amenaza, el pánico se apoderó de mí. Corrí hasta llegar a las puertas del edificio donde vivo, en la puerta había apostados dos hombres vestidos de negro, que parecían vigilar o esperar a alguien. Fue entonces cuando recordé tus palabras y pensé que tenía razones para preocuparme por mi vida.
- No sigas.- Interrumpió Adam- Entonces huiste y acabaste en una celda.
- Sí, así fue.
Adam esbozó una sonrisa.- Lo siento, Damian, la culpa es mía. Cuando te dije que había gente a la que no le gustaría que el proyecto se hiciera público, lo que intentaba era asustarte, para así intentar convencerte de que trabajaras en él conmigo. Lo siento, no sabía que fueras a tomarte aquella inocente advertencia tan en serio.
- ¿Entonces los hombres de negro?
- No sé quienes eran. Lo único que se es que aunque te niegues a participar en el proyecto no te pasará nada, olvídate de todo eso. Contra ti o tu persona no hay ninguna conspiración gubernamental.
- Es un alivio.- Dijo Damian suspirando.- Pero creo que voy a retirarme al campo, es lo que ahora necesito. Sabes, creo que no he superado el shok del atentado y pienso que una temporada en el rancho del abuelo, me vendrá bien.
- La decisión es tuya, si es lo que quieres, hazlo.- Dijo Adam.- Pero si una vez que estés allí, quieres volver, tu puesto en el gabinete te estará esperando.
- Gracias Adam.
      
       Cuando Damian estaba terminando de decir aquellas palabras, los dos hermanos estaban a las puertas de un local de unos cien metros cuadrados. Se encontraba ubicado en la esquina de dos calles. Grandes ventanales definían las caras sur y este del local. A través de los cristales se podía ver un gran surtido de dulces y postres italianos en sus respectivas vitrinas. Cortinas estampadas con cuadros rojos y blancos se arqueaban en el interior del local, sombreando las vitrinas. En un luminoso cartel encima de la puerta de acceso, el neón se encendía y apagaba a intervalos regulares, resaltando así el emblema y el nombre del local. Los dos hermanos entraron.   

martes, 15 de mayo de 2012

CAPITULO II.Estamos en guerra 10-II

      Damian, confundido aún, examinó el entorno con detenimiento. A medida que se familiarizaba con él, acudían, como destellos, recuerdos de lo acontecido la noche anterior. Mecánicamente examinó las heridas causadas por las mordeduras de los perros. Habían sido curadas y cosidas, luego observó a su compañero de celda. Pero aquel estaba absorto en el ceremonial del rezo. Con la mirada al este y los brazos alzados, pronunciaba oraciones al compás de sus genuflexiones. 
     
       Damian se acercó a los barrotes de la celda, en la recepción, un individuo embutido en un traje beis, hablaba acaloradamente por teléfono. Frente a él, alguien alto y robusto, parecía aguardar que aquel terminara la conversación. El hombre alto tenía el cuerpo reclinado sobre la mesa de la recepción, dándole la espaldas a las celdas.
- ¡Un teléfono, quiero hacer una llamada!.- Exclamó Damian, intentando llamar la atención.
Solo el hombre alto y robusto se volvió y Damian suspiró aliviado, al comprobar que aquel varón era su hermano. Su hermano se acercó a él y con afabilidad dijo.- Vaya, por fin has recuperado el conocimiento.
- Si, no se, lo siento, ya recuerdo, solo quería hacer una llamada y el hombre de la pipa empezó a golpearme.
- Sí, así fue, ahora ese policía está detenido en la última celda. Sabes, tuviste mucha suerte, se puede decir que la detención del hombre que ahora comparte celda contigo, te salvó la vida.- Dijo Adam.
- ¿Pero como?- Preguntó Damian.
- Pues parece ser que los que lo traían detenido, sorprendieron a su compañero golpeándote y lo redujeron. Lo apresaron y llamaron a un médico, éste me llamó a mí y desde hace unos minutos estoy aquí esperando a que te recuperes.
- Pues ya me he recuperado. ¿Cuando podré salir de aquí?- Preguntó Damian.
- He pagado la multa, derivada del hecho de haber violado el toque de queda. Solo queda resolver u pequeño asunto. Saliste huyendo, dificultando así, la detención. Te pueden acusar de resistencia a la autoridad.
- ¿Resistencia? Salí huyendo, sí, pero los que me dieron la orden de alto, lanzaron contra mí sus perros, lo que me ocasionó lesiones graves. Además el hombre de la pipa, primero se negó a dejarme hacer una llamada, luego se negó a prestarme asistencia médica y después me golpeó. Creo que la policía ha cometido más delitos que yo.-Dijo Damian indignado.
- Quizás tengas razón, pero.... . Adam fue interrumpido por el hombre del traje beis.- Damian, creo que he llegado un acuerdo con el comisario, podrás salir de aquí, si no denuncias al hombre que te agredió, de no ser así, te podrían acusar de cualquier cosa aunque no tengan pruebas suficientes para condenarte.
- Pero eso es extorsión,- replicó Damian.
- No, es política.- interrumpió el abogado.- Desde anoche estamos en guerra contra una liga de países extremistas que aunque no han admitido haber participado en el atentado terrorista de hace dos días, parecen estar involucrados. Por lo menos eso es lo que se deduce de las pruebas aportadas por el servicio de inteligencia. Parece que a causa de esta declaración formal de guerra, se preveen muchas manifestaciones y la acción de los servicios de seguridad va a tener que ser bastante punitiva. El atentado dañó la imagen publica de los servicios de seguridad y cualquier escándalo que los afecte,  les puede hacer perder el respeto de la sociedad, llevar el país a la desobediencia civil y sumirlo así en la anarquía. Podríamos ganar, pero sería un juicio costoso, que probablemente se dilataría en el tiempo. Además, creo que a medida que la guerra progrese se tenderá más a reprimir los derechos civiles y los abusos de autoridad serán tan comunes, que acabaran por no enjuiciarse. Si esto sucede, habrás perdido tu dinero y tu tiempo y el acusado no podrá ser juzgado, pues el delito habrá prescrito o porque simplemente la seguridad del país será más importante, que la defensa de los derechos que se nos reconocen.
- Esta bien, no habrá denuncia, pero quiero salir inmediatamente de aquí.- Dijo Damian.
- Eso está hecho.- Dijo el abogado, que después de oír estas palabras se dirigió al lugar donde se apiñaban las mesas de despacho. Minutos después el abogado regresó con el jefe de policía y dos de sus hombres. Mientras uno intentaba buscar entre un manojo de llaves, aquella que abría la puerta de la celda. El otro se dirigió a la recepción para buscar los efectos personales de Damian. Pocos minutos después, Damian escoltado por su hermano y su abogado salía de la comisaría. Cuando Damian salió de la comisaría, en la puerta, su mirada se cruzó con la mirada del hombre de la pipa. Éste apoyaba su espalda en la pared, mientras fumaba tranquilamente. Las miradas enfrentadas batallaron en un duelo colérico y mudo durante unos segundos. Lo suficiente, para dejar heridas abiertas que jamás cerrarían. 

viernes, 11 de mayo de 2012

CAPITULO II.- Estamos en guerra 9-II

     Cuando la pérdida de sentido sumió a Damian en un profundo sueño, éste se vio columpiado a un onírico mundo; en él la realidad adquiría otra identidad. Lo macroscópico se fundía en lo microscópico y en esta fusión, cualquier improbable suceso, sucedía. Un cuerpo podía estar en dos lugares a la vez, la luz no limitaba la velocidad del movimiento y todo podía ser transportado a los límites del universo, sin que esto variara la forma o la composición del todo. El absurdo se daba allí como conclusión plausible, imposible de refutar y lo que podría ser un mundo al revés adquiría una absoluta e incuestionable normalidad. Aquel mundo no era muy distinto al mundo que observamos, había árboles, tierra, agua; pero nada estaba en su lugar. Damian volaba sobre tierra, navegaba sobre el cielo y andaba sobre el mar. Unas veces andaba cabeza abajo, con los pies sobre tierra y otras veces andaba normalmente, pero con los pies en el cielo. Unas veces parecía un gigante, otras era como un garbanzo. Se podía ver convertido en un enorme globo o en un fino palillo. Unas veces era un modelo cubista, otras una simple y mal trazada mancha de pintura, pero siempre era un desorden ambulante. Su nariz, en la oreja, ésta en la boca y esta última en el pie. Tenía todos los rasgos de un ser humano, pero éstos, como si se trataran de piezas de un mecano, se acoplaban a él con la misma facilidad con la que se desacoplaban. En este mundo desestructurado, una luz blanca y resplandeciente intentaba ordenar el caos, aunque el orden resultante siempre solía ser caótico. Entonces Damian oyó algo similar a un coro de niños. Las voces blancas, resonaban en aquel mundo imposible como un único instrumento, bien afinado. Aquella armonía fascinadora embelesaba a Damian que hecho alma pura o pura esencia, ascendía con la facilidad de una pluma, flotando como ave sin cuerpo o huesos. Cuando más se elevaba, más se acercaba a la luz blanca, al contacto con ella su forma esencial se iba convirtiendo poco a poco, también en luz y cuando más luz era, más en paz se sentía consigo mismo y con lo que a su alrededor estaba. Pronto Damian se vio arrastrado al centro de gravedad de aquel vórtice lumínico y todo desapareció. Nuestro amigo pronto se vio suspendido en un cielo negro y oscuro. Bajo él, el planeta azul se mostraba desolado, semejante a un erial, sin vida. Sobre las aguas, cadáveres de peces flotaban, boca arriba. Las ciudades devastadas, eran esqueletos desnudos de vida. Los pocos árboles que no se habían visto reducidos a cenizas, eran teas encendidas que iluminaban la oscuridad reinante. Los ríos se habían evaporado y sobre sus lechos, convertidos ahora en ciénagas, se recostaban kilos y kilos de ceniza amontonada. Los cielos lloraban fuego humeante que perforaba nacarados cráneos. Restos de aves y mamíferos no consumidos aún por el fuego, se pudrían en las tinieblas y el hedor llegaba a las capas más altas de la atmósfera. En otros lugares el cielo no lloraba, vomitaba y era aquel vómito como negra hiel, que horadaba la tierra, creando así pútridos meandros, que morían en lagos viscosos, que regurjitaban burbujas grandes y transparentes, que se elevaban unos centímetros para luego, volver a estrellarse en el fluido que las había creado. No lejos, en el próximo oriente un humo negro en el que se disolvían los átomos de luz, era emitido por fogatas, eternamente alimentadas por combustibles fósiles. El humo ascendía hasta nubes negras que carecían de matices, de blandura, de agua. Eran nubes de polvo oscuro suspendido, que incapaz de precipitarse, flotaba hasta mezclarse con otras nubes de polvo, para luego convertirse en un gran cumulo nimbo, que cubría todo el ecuador del planeta.

     De repente, Damian sintió que su cuerpo dejaba de ser una ligera forma luminiscente y vaporosa, sus miembros empezaron a pesarle y su cuerpo de hombre vino a estrellarse sobre un lecho de ceniza. El impacto paralizó a Damian. Él sentía sus piernas, sus brazos, pero no podía moverlas o moverlos. Algo lo arrastraba hacía abajo, algo le arrojaba tierra y ceniza desde arriba. Damian estaba siendo enterrado, pero aún vivía. Intentaba gritar, pero no podía hacer que sus gritos se oyeran. Cuando abría la boca una mezcla de tierra y ceniza se colaba en ella, Damian intentaba escupir aquella mezcla, pero cuando más lo intentaba, más tierra tragaba. Se estaba ahogando y no podía mover la cabeza, sus ojos, puestos en el cielo veían como la tierra caía desde arriba, su cuerpo sentía la presión de la tierra mientras ésta, poco a poco cubría las piernas, el tronco, la cabeza. La ansiedad le impulsaba a cavar, a abrirse paso a través de la arena, a través de la ceniza, a través de los dos metros de mezcla que ahora lo enterraban. No podía y en su desconsuelo todo sabía a muerte, a arenisca, a arcilla, a sílice y su consuelo era amargo y ácido. No había luz, solo había soledad y oscuridad pesada e insondable. Solo un túnel cavado por manos muertas. Un túnel a cuya entrada llegaba lacerada y vacilante la luz de un millón de estrella muertas hace años, cuando el hombre no  era más que un rumor difundido por el tiempo. Después del túnel solo había una losa y sobre ella estaba esculpido este epitafio:
                           
                              " Aquí yacen los restos de la especie humana.
                                 Especie que por buscar la inmortalidad,
                                 solo vivió un segundo en la Tierra".

     Entonces Damian volvió a ver la luz, ya no había tierra, ceniza, oscuridad. Ya no había muerte, frío, soledad y todo empezó a tener forma, volumen, superficie, color. Y todo tenía millones de colores, olores, formas y el todo era la celda en la que había sido encerrado, el ventanuco por donde se filtraba la luz del día, su compañero de celda y la comisaria donde multitud de agentes trabajaban, hablaban y reían. Entonces Damian descubrió que todo había sido un sueño, culminado en pesadilla.
                                  
                   

martes, 8 de mayo de 2012

CAPITULO II. Estamos en guerra 8-II

     Damian inició el regreso a casa. Las calles, solitarias y oscuras, se perdían unas en otras conformando así, un intrincado laberinto. Un vaho luminiscente ascendía desde el empedrado hasta el crespón de la noche, para allí tejer una urdimbre vaporosa, creada por hilos de plata y oro. Aquella gaseosa tela cubría a la ciudad desnuda, con un insonoro manto, que ahogaba el ruido y amplificaba el eco de las pisadas de Damian. Con precipitada cadencia sonaba la marcha de Damian, mientras que la ciudad, convertida en silencioso espectador, contemplaba, entre bostezos de luz, la virtuosa ejecución de aquella. Damian actuaba ante aquel espectador, marcando el compás con movimientos de cabeza, parando, si oía algún sonido sospechoso e incrementando el ritmo de la marcha, si el silencio volvía a reinar. 

       No había llegado aún a las puertas de su apartamento, cuando su solo fue interrumpido por voces de hombres, acompañadas de ladridos de perros. "Deténgase". Ordenaban las voces. "O le matamos". Parecían ladrar los perros. Damian, al ver su marcha interrumpida por la autoridad de aquel coro, optó por interpretar una fuga que lo acabó convirtiendo en una pieza de caza. Tras él, dos galgos con voces de tenor, pronto corrieron a su mismo ritmo y cuando estuvieron a una semifusa de él, saltaron sobre Damian y al derribarlo, pusieron fin a su fuga. Nuestro amigo, incapaz de quitarse de encima a los perros, optó por pedir ayuda emitiendo gritos de castrati. En su auxilio, pronto acudieron los dos policías que le habían ordenado detenerse. Éstos, tras conseguir retirar a los dos perros de su presa, esposaron a Damian, el cual lo celebró, pues por fin se veía libre de aquellas bestias que segundos antes, habían pretendido convertirlo en soprano.

      Esposado, cabizbajo y sangrante acompañó a sus captores a una comisaría cercana. Cuando entraron, les recibió en la recepción, un hombre robusto, con barba descuidada y que daba compulsivos mordiscos al tubo de una pipa. -¿Qué tenemos aquí? - Preguntó el hombre de la pipa a uno de los policías que acompañaban a Damian. - Traemos a alguien que no sabe que hay toque de queda. - Respondió uno de los interpelados. - Registrádlo y poned todo lo que lleve en los bolsillos en este mostrador.- Ordenó el hombre de la pipa, mientras extraía de unos de los cajones de la mesa de despacho un formulario y un sobre. -¿ Esto es todo? - Preguntó el hombre de la barba cuando vio todo lo que uno de sus captores había extraído de los bolsillos de Damian.- Sí, parece que es todo.- Respondió el policía que había procedido al registro y la extracción de los objetos.- Entonces el fumador procedió a rellenar el formulario con los datos que le facilitaba Damian. -¿Puedo llamar por teléfono? - Preguntó Damian en plena entrevista. -¿Teléfono? Sí, ¿por qué no? Pero solo tenemos un teléfono y está estropeado, si espera un par de días.- Le respondió el hombre de la barba.- ¡¿Dos días?! ¡No pueden retenerme aquí tanto tiempo!¡Quiero ver a mi abogado!.- Replicó Damian indignado.-¡Sí puedo y lo haré!¿No oye la radio, no ve la televisión? Se ha establecido el estado de sitio, podemos retenerlo aquí tres días, si nos place. Podemos hacer que en ese tiempo no vea a su abogado. ¡Usted a violado el toque de queda! Así que esta detenido. ¡Llevenlo a prisión! Luego veremos que hacemos con él.- Tras decir esto los agentes empujaron a Damian hasta una celda que había al fondo; cuando llegaron a la puerta de la misma, mientras uno la abría, el otro le quitaba las esposas a Damian para después arrojarlo a la celda que se cerró, cuando nuestro protagonista estuvo dentro.

         Desde la celda, Damian veía una sola planta donde paralelas a la recepción había una batería de mesas de despacho vacías. Las celdas, tres en total, estaban una a continuación de otra ocupando todo el fondo de la estancia. En la celda, un banco de una sola pieza limitaba los bajos de las tres paredes, que bordeaban los barrotes, que cerraban el cuadrado de la celda. La celda de Damian de unos diez metros cuadrados, se alzaba unos tres metros. A través de un ventanuco la luz del exterior se filtraba iluminando la sangre que aún brotaba de las heridas provocadas por los mordiscos. Damian conmocionado aún por todo lo que le había sucedido, apenas había prestado atención al dolor o a la sangre. Solo cuando vio los barrotes teñidos de un grumo pastoso y rojizo, intentó llamar la atención del hombre de la pipa. -¡Necesito un médico! ¡Por favor un médico!. Al oír esto, el hombre de la barba abandonó su asiento en la recepción y se acercó a Damian refunfuñando.-¿Un médico? ¿Para qué quiere un médico? -Estoy sangrando, ¿no lo ve?- Respondió Damian.-¿Sangre, sangrando, que dice dónde?- Preguntó el hombre de la pipa.- En los barrotes, en mi ropa, sangre.- Repuso Damian.- Sí ya veo, pero no es nada, cálmese, espere a mañana.- Dijo el hombre de la barba.-¿Mañana? Sus perros me han provocado estas heridas ¿ y si tienen alguna enfermedad? Les denunciaré, haré que cierren esta comisaría, se lo juro.- Esta bien, llamaré al médico.- Dijo el hombre de la pipa de mala gana. Acto seguido, se dirigió a la recepción y cogiendo un teléfono hizo una llamada. Damian que vio esto, indignado se puso a vociferar como un energumeno, entonces el hombre de la pipa, fuera de si, cogió una porra de goma y tras abrir la puerta de la celda, empezó a golpear con ella  a nuestro protagonista hasta que éste perdió el conocimiento. 

          

viernes, 4 de mayo de 2012

CAPITULO II. Estamos en guerra. 7-II

        Damian corrió, como nunca antes lo había hecho y en su carrera se convirtió en un nuevo Atila, azote de viandantes, los cuales, si tenían la mala suerte de cruzarse en su camino, acababan tumbados en el suelo, con las plantas de los pies echando raíces en el aire. En su loca y desbocada carrera Damian, como un nuevo Jano al que hubieran arrancado tres de sus caras, solo prestaba atención a aquello que tenía en frente e ignoraba lo que se hallaba atrás y a los lados. Aquellos que contemplaban el curioso espectáculo, quedaban estupefactos. Los había que echaban sus manos a la cabeza, asombrados. Uno que fue superado por aquel particular atleta, empezó a atornillarse la sien derecha con el dedo índice de la mano homónima. Otro en una esquina se persignaba, creyendo ver al mismo demonio en Damian y  el resto sin saber muy bien que hacer, se dedicaba a escrutar todo lo que le rodeaba, intentando hallar posibles cámaras. Damian, en su loca estampida, no seguía una dirección predeterminada, ni tampoco sabía a dónde quería ir; era como un topo ciego recorriendo galerías que no estaban bajo tierra. Las calles, distintas e iguales, eran para nuestro protagonista recovecos de una madriguera desconocida, estos daban vueltas y revueltas en ella y aquel que intentaba salir de la misma, siempre acababa en el mismo lugar. Cuando exhausto, nuestro protagonista puso fin a su carrera, descubrió que se hallaba a varias manzanas de su casa. A su alrededor se extendía pardusco, un parque sobre el que bostezaban los últimos rayos del sol, anunciando el fin del día.

        Segundos después de refrenar su ímpetu maratoniano, Damian empezó a mover inquietamente su cabeza, buscaba a aquellos hombres de negro que había visto a las puertas de su edificio. No había nadie; aquel parque parecía un desierto donde la trémula luz de las farolas, empezaba a robar a la oscuridad reinante, franjas de influencia. Una risa nerviosa se adueño de Damian que ya empezaba a sentir punzadas en el estómago. Lentamente, nuestro amigo se dirigió a un banco cercano. Cuando llegó a la altura de éste, se sentó en él y resoplando como una vieja yegua prosiguió con su examen del lugar.  Todo aquel parque parecía un oscuro agujero, donde apenas se distinguían las formas y los colores. Una ligera brisa mecía las hojas de los viejos árboles. Las ramas de éstos crepitaban con las suaves embestidas del viento. En este silencio quebrado por el crujir de ramas y el susurro de las hojas, Damian empezó a sentir un frío sobrecogimiento. El efecto del sudor helado, era potenciado por el gélido abrazo de la brisa y ambos al unísono causaban escalofríos en Damian. La noche y el silencio también contribuían a ello. Nuestro amigo estaba solo, entre sombras, dudas y miedos, todo a su alrededor estaba muerto o muy lejos. Él, como un sombrío anacoreta existía en un todo vacío y mudo. El único recuerdo del hombre eran aquellas farolas y su pobre luz. Damian estaba solo, pero esa soledad, no se parecía a la soledad que siempre le había acompañado. La soledad que le embargaba en aquel parque, parecía tener forma, volumen, era como un espeso cuerpo que poco a poco lo cubriera y lo abrazara, presionando costillas y huesos. Aquella presión aplastaba a Damian y a cada segundo, aquel abrazo invisible y tangible a la vez, era más opresivo, más violento. Damian intentaba zafarse de aquellos brazos que lo asían a una nada, vacía de todo calor humano; una nada preñada de colores sin vida, de formas sin movimientos, de volúmenes sin cuerpo. Diáfanas, las irisadas sombras de la noche penetraban en el alma de Damian, convirtiéndola en una sombría mezcla donde la nada y el todo jugaban a ser duda y certeza, miedo y valor, eternidad y caducidad. Y como tesis de tanta antítesis, surgían aquellos hombres de negro y la disimulada amenaza de Adam. Luego, la tierra se abría convulsa y vomitando fuego y azufre consumía a aquellos hombres, a Adam y todo se convertía en un parque sombrío, desde donde Damian contemplaba como las heridas de la tierra se cerraban, tras supurar una oscura soledad.

      ¿Pero qué hacía él allí, verdaderamente se había convertido en un enemigo público? ¿Acaso las ultimas experiencias lo habían convertido en un paranoico obsesivo? ¿El mundo que percibía, el aire que respiraba, el flato del que ahora se quejaba existían en el sueño de un loco o en la fantasía de un cuerdo? Damian parecía haber perdido el contacto con la realidad, parecía flotar en la tempestad de la pesadilla, parecía ser un ente irreal en un mundo imaginario. ¿Quiénes eran los hombres de negro, lo estaban buscando, corría algún peligro? Son solo imaginaciones mías, nadie me quiere muerto, debo volver a casa, tengo que saber que esos hombres no están allí esperándome, volveré, no tengo nada que temer.     

martes, 1 de mayo de 2012

CAPITULO II. Estamos en guerra 6 - II

        Damian abandonó preocupado, el edificio de despachos. Las últimas palabras de su hermano eran inquietantes. En ellas subyacía una amenaza que desubicaba a Damian. El hecho de que el gobierno quisiera construir búnqueres no era nada nuevo. El hecho de que los quisiera construir con el dinero de los contribuyentes, tampoco era nada nuevo, lo llevaba haciendo años. Lo único que había cambiado es que nunca antes la amenaza nuclear se había materializado y ahora sí. ¿Acaso el gobierno se enfrentaba ahora a un nuevo tipo de conflicto en el que un enemigo desconocido se ampara en el anonimato para poder golpear así, donde en otras circunstancias sería imposible? Es más,  ¿estaba preparado el gobierno para hacer frente a los retos que esta nueva estrategia planteaba? Quizás era esto último, lo que obligaba al ejecutivo a llevar el proyecto en secreto. No querrían mostrar una imagen de debilidad en tiempos difíciles. Posiblemente informar a los ciudadanos de este proyecto habría despertado suspicacias y habría ocasionado revueltas que podrían haber roto la cohesión interna del país y habrían hecho peligrar la seguridad del Estado. ¿Pero saber que alguien está construyendo un búnker para los senadores y sus familiares es motivo suficiente para ser eliminado? Damian no creía eso. Pero la amenaza estaba ahí. Su hermano era codicioso y ambicioso y esto le hacía ser un embustero convincente, pero siempre había sido sincero con él. Tal vez, Damian había actuado mal al rechazar el proyecto. Tal vez, había exagerado sus motivos para no construir aquel refugio. ¿Qué posibilidades había de que se produjera una guerra nuclear? Si el artefacto que había explotado en la capital lo habían puesto unos terroristas, ¿qué posibilidades tenían estos de escapar? ¿Tenían capacidad y recursos para tener a su disposición todo un arsenal nuclear? Damian lo dudaba, ¿pero quién les había aportado el material y los había entrenado para fabricar esa bomba? ¿Cómo habían introducido en el país el material radiactivo? No poder responder a estas preguntas, sí podía ser preocupante. Pero si el país o la persona que había financiado toda la operación no tenía capacidad para contrarrestar el ataque del ejército del país de Damian, ¿qué temer? No habría genocidio, ni necesidad de usar ningún refugio nuclear. ¿Acaso el cinismo de Adam le había hecho tomar una decisión precipitada? Pero él había visto a los burócratas del gobierno preocupados, minutos antes del atentado. ¿Acaso sabían que se había colocado una bomba en la capital? Y si lo sabían, ¿por qué no habían podido evitar que explotara? El presidente no había muerto, ¿cuando precipitadamente los habían expulsado de la casa del presidente, lo habían hecho para que los burócratas buscaran refugio? Posiblemente sí. Luego, el gobierno y sus funcionarios, fueron también responsables indirectos de la matanza. Esta conclusión hacía que la confianza en aquellos que lo representaban se tambaleara. Todo político que se precie de ser bueno, en un estado democrático, debe anteponer el bien común al suyo.  Pero en este planteamiento Damian había ignorado una variable importante. Un político puede ser un buen administrador e incluso puede aprobar y crear leyes justas que beneficien a la mayoría de los ciudadanos a los que representa. Pero si su supervivencia está en peligro, ¿no hará todo lo que esté en su mano para sobrevivir? Entonces si existiera la remota posibilidad de que varios, no muchos, artefactos nucleares explotaran en el país y esto amenazara sus vidas, ¿no harían todo lo posible para salvarse, aunque el resto de sus conciudadanos murieran? Todo hacía pensar que sí. Entonces, ¿qué debía hacer él? - Se preguntaba, Damian. De haber aceptado, si la cosa se torcía, él podría sobrevivir. Pero su vida, ¿valía un millón de vidas? Y después de la catástrofe, por pequeña que fuera, ¿qué sobrevivíría? ¿Merecería la pena vivir entre ruinas?

      Enfrascado en estas reflexiones estaba Damian cuando oyó una voz tonante y metálica. La voz provenía de un individuo desaliñado que subido sobre una caja de madera, pronunciaba este discurso:

       "Arrepentíos pues el fin está cerca. Ya, el Dios misericordioso, que lavó nuestros pecados con su sangre, ha abierto el libro de los siete sellos y las siete trompetas de los siete ángeles de las siete iglesias están prestas a sonar. La hora de la gran tribulación ha llegado y solo los que crean, tendrán inscritos sus nombre en el Libro de la Vida. La Bestia ha sido liberada y su palabra se dejará oír en boca de los falsos profetas, quien tenga oídos, oiga. Quien tenga ojos, vea. Ya el fuego y el azufre han destruido la gran Babilonia. Aquellos que la adoraban pronto probarán el vino de las siete copas que contienen la ira de Dios. La gran batalla de Armaggedon se acerca. En ella la Bestia y aquellos que la adoran, serán vencidos y arrojados a las llamas eternas. Arrepentíos y creed pues como la mala hierba es segada, vuestras vidas serán segadas. Solo los santos, aquellos que nunca fueron marcados con la marca de la Bestia, hallarán la vida eterna y beberán de sus aguas. Los que no mintieron, los que no fornicaron, los que no fueron homicidas y siempre alabaron a Dios y cumplieron sus mandamientos, contemplaran la nueva Jerusalén descendiendo de los cielos".

      Un grupo de curiosos rodeaba al mendigo; la mayoría se burlaba de él, otros escuchaban en silencio y juntaban las palmas de las manos para rezar. Los más fervientes besaban sus harapos como si se tratara de un profeta encarnado y otros simplemente le arrojaban todo lo que hallaban a mano. El hombre permanecía impasible ante todo esto, como si realmente estuviera poseído por el espíritu de un santo o tal vez, porque su ebriedad lo sumía en un éxtasis místico.  Damian aunque había sido educado en la fe católica, nunca creyó mucho en los textos de la biblia, ni en los sacerdotes que los leían desde el púlpito. Su mente racional había despojado de su cerebro cualquier tipo de superstición, ya fuera religiosa o de otra índole. Ahora, escuchando al mendigo, se preguntaba si alguna vez había creído realmente en Dios. Las imágenes del apocalipsis vivido en la capital, parecían traer a su memoria las palabras del Libro de las Revelaciones. Pero esta idea, ahora no le preocupaba mucho. La frase con la que Adam lo despidió, le turbaba más que todo el simbolismo del libro de San Juan. Si aquella amenaza se materializaba, entonces el apocalipsis si que habría llegado para él. Su fin, el fin de sus días, no sería tan aparatoso, ni espectacular. No habría un gran dragón con siete cabezas y diez cuernos, al final de su vida. Tal vez, solo habría un callejón estrecho y oscuro, una leve humareda proveniente del cañón de una pistola y tal vez fuego, como el que consumirá Babilonia, pero consumiéndo sus entrañas. Este temor había sido acrecentado por el discurso de aquel pobre viejo.Y ahora era más tangible y más creíble, pues desde el lugar en el que estaba, vio a dos hombres de negro apostados a ambos lados de la entrada al edificio donde vivía.
      Damian movido por el pánico, más que por un razonamiento lógico, hizo lo que el atemorizado suele hacer, ante lo que le atemoriza;  salir corriendo.









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